Said Fatmi ha muerto. El antiguo periodista de Al Bayane y de L'Opinion falleció el pasado viernes en un hospital de Rabat. Una muerte solitaria, como suele ocurrir a menudo a los periodistas. Una muerte que plantea preguntas también. Del tipo: ¿qué hace que la gente de prensa, ellos que siempre han estado en pleno centro del acontecimiento, mueran en la penumbra del olvido en una indiferencia general?
La revancha de lo insistente sobre el instante, sin duda. La mayoría de los grandes nombres que habían representado lo existente a lo largo de su pluma estos últimos treinta años, terminaron solos en el camino de la vida cuyo cortejo sigue su tren sin mirar a aquellos que habían sido sus celosos acompañantes. Abdellatif Bennis, Majid Smaili, Abdelhai Aboulkhatib, Boudali Stitou, Ahmed Aalam, Ali Bouhadar, Bouchaib Zaanouni… cuántos nombres de servidores de la máquina de contar el tiempo hoy desaparecidos y olvidados. ¿Quién dijo entonces que lo escrito permanece? Ese ciertamente no sabía lo que decía.
Said Fatmi murió como había elegido vivir: como un lobo solitario incómodo en sociedad y que solo se siente feliz ante el espectáculo de la inmensidad de ese océano atlántico que le es familiar y que vive, respira y cuya onda late como un corazón. Ese océano que le vio crecer y que él vio encogerse a medida que los edificios de renta suplantaban la casa baja de sus padres en el barrio Akkari. Entonces, ante este obstáculo a los sueños de un líder fundamentalmente solitario –fue un miembro influyente de la juventud estudiantil–, Said se marchó hacia el lado de El Harhoura donde el mar todavía se codea con los hombres. Era así Said: que una cosa viniera a disgustarle y ahí estaba él marchándose. Lo había hecho una primera vez al dejar Rusia donde era estudiante, para presentarse a las puertas del Instituto de Periodismo de Rabat en pleno año escolar. Durante toda su vida permanecerá mudo sobre este episodio de su currículo. Quizás él, que siempre supo ver lejos, ya había vislumbrado lo que solo la caída del muro de Berlín reveló a todos.
Said Fatmi falleció como mueren las personas que están convencidas de que las palabras no bastan para decir el mundo y, a fortiori, para rehacerlo. Nos dejó como de costumbre: marchándose en el momento en que menos se esperaba. Aquellos que le conocieron saben que algo le disgustó. Los raros amigos que se tomaron la molestia de acompañarle a su última morada aportaron la prueba de que Said siempre vio claro. El mar ya no se codea con los hombres y estos últimos ya no tienen corazón.
Proveedor / Fuente : Ahmad Al Ahmadi, Menara.ma